Gaitán y las familias en sus telenovelas: LOS VALLEJO y LAS SUÁREZ.

La familia Vallejo es una especie de entidad de mil cabezas cohesionadas por una figura patriarcal, el abuelo. Este hombre primero en vida y luego ya fallecido constituye una especie de identidad común a todos los miembros de esa familia, sin embargo, lo que cada uno de ellos entiende por sus deberes y el alcance que puede dar a sus acciones de acuerdo a su pertenencia a esta enorme familia es muy diverso y en ocasiones contradictorio.
Este hombre propone preservar su apellido aún a costa de provocar una guerra intestina dentro de la familia que, supuestamente, está unida por su legado. De un lado Iván Vallejo se casa con la única intención de embarazar a su mujer, juega su propio y precipitado juego; del otro, la hermana de Sebastián procura que su hermano sea quien logre tener un hijo lo más pronto para asegurar su futuro. A ninguno de los que comienzan con este juego les importa en lo más mínimo el bebé que vendrá, simplemente quieren ser los primeros para asegurar su futuro económico.
Los Vallejo son gente de abolengo, tradición en el mundo cafetalero y de dinero, estas características parecen otorgarles inmunidad ante las adversidades y una reputación inamobible. Pero como en los argumentos de Gaitán nada está para quedarse quieto, a esta familia se le caen a los pies todos sus pre-juicios. Dicho de otra forma, se le van desmoronando uno a uno todos los pilares donde creía que -sólidamente- estaba sostenida.
Primero, el gran patriarca fallece. Su muerte era algo previsible pero la ausencia de la figura principal de la familia provoca un vacío en todos sus miembros, vacío tardan mucho en asimilar y en reconstituir. De hecho, las disposiciones del testamento inicialmente dan un lugar a cada miembro y le dan un punto de partida pero, como la unión familiar era por costumbre y no por cariño, ni respeto y mucho menos amor, los inconformes están dispuestos a jugar a su conveniencia con las reglas dejadas por el abuelo en ese documento. Y ahí comienza la pugna por conseguir al heredero.
Después, el prestigio y la tradición de esa familia se va desmoronando poco a poco a raíz de las maniobras poco éticas y riesgosas de Iván. De ser los “príncipes” del ámbito cafetalero colombiano comienzan a ser vistos como un grupo de ambiciosos sin control a quienes no les importa pasar sobre quién sea con tal de crecer su poder y sus ingresos. Ahí Gaitán muestra que el nombre no vale si no se respalda con actos y que hasta el más respetado puede dar al traste con su reputación en un dos por tres si se lo propone.
Por otra parte, los Vallejo se sienten tan seguros de sí mismos y de su preeminencia que se enfrascan en la lucha por conseguir un heredero, se entrampan unos a otros, llevan sus vidas y sus sentimientos al límite, son capaces de destruir a uno de ellos (Sebastián) y a la única mujer que él amó y amaría con tal de proteger lo que creen eterno: su dinero y su poder. Lo genial del argumento es que les va a regalar la oportunidad de verse casi en la calle y de replantearse todos, absolutamente todos sus actos. La oportunidad de volver al inicio y acordarse que sin la tierra, sin su hacienda y el trabajo cíclico y constante no son nada. Van a tener que regresar sobre sus pasos, a tener que saldar las cuentas pendientes y a mirar hacia adentro, a comprender que una familia sin solidaridad se pierde, que el abolengo y el nombre no sirven de nada cuando sólo son usados para destruir.
¿Y quién entra al quite en la crisis? Las mujeres. Adiós a eso de que los hombres lo resuelven todo. Al inicio de la telenovela, todas las involucradas con la familia Vallejo comienzan siendo sombras de los hombres de la familia. Los rumbos y las acciones son dirigidas por ellos, ellas acatan y asumen su “lugar” pero, a raíz del desastre emocional, de la reputación destruida, las separaciones inminentes y la debacle financiera primero la nieta más joven comienza a tener un comportamiento crítico; luego, la abuela decide tomar las riendas y las demás a su tiempo van encontrando formas de recatar y de resarcir, de reconstruir en la medida de lo posible a esa Familia.

Y para muestra de que las familias llevadas por mujeres pueden llegar a funcionar bien están la Gaviota y su mamá. Gaitán no pudo encontrar mejor contraposición para la gran familia Vallejo. Ellos numerosos, soberbios y unidos por miles de cosas pero no por la solidaridad ni el amor. Ellas, en cambio, a sabiendas de que sólo se tienen una a la otra, sólo tienen amor y apoyo mutuo para salir adelante. Y lo logran sin separarse nunca, por más grandes que sean los retos o por más difíciles que sean sus circunstancias.
La Gaviota tiene en su mamá apoyo, comprensión y respeto, además de una crítica constructiva, honesta y amorosa. Eso la hace una mujer mucho muy fuerte y que con el tiempo deja de equivocarse para lograr, al final, cumplir sus sueños. Sebastián, muy por el contrario, proviene de una familia que juzga, que aplasta y que es capaz de miles de cosas para protegerse de lo que considera amenazante. Por ende, Sebastián es un tipo bien intencionado pero débil, de buen corazón pero sin carácter y capaz de amar pero no de sobreponerse a las adversidades.
De primer momento, estos dos personajes se plantean a sí mismos como “destinados amarse” pero debían recorrer un largo camino para convertir la ilusión primera en un amor viable y próspero. Debían rescatar cada uno lo mejor de sí mismos y debían crecer lo suficiente para amarse plenamente, sin importar lo que la familia de él tuviera que opinar al respecto o si ella era hija de madre soltera.

La familia, como todo en las telenovelas de Gaitán, se vuelve una entidad doble que lo mismo construye que destruye. Todo está en cómo se vive dentro de ella y cómo se alimentan los vínculos entre sus miembros, si se alimentan de solidaridad y amor, las cosas salen a pesar de las dificultades… pero si se constituyen de intereses creados y ambición, las dificultades las hacen polvo.

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